miércoles, 12 de agosto de 2015

Papá Goriot, de Honoré de Balzac

En la horrible, sucia y mezquina pensión de la viuda Vauquer (espejo de su negocio), en el corazón del París de Luis XVIII (1814-1824), pasa sus días el viejo Goriot, un comerciante de harinas jubilado que hizo fortuna en los días de la Revolución. Goriot solo vive por la felicidad y el amor que le tiene a dos hijas, Delphine y Anastasie, consentidas, superfluas, vanas e insensibles a nada que no sea su propia vanidad. Ambas están casadas, una con un miembro de la nobleza francesa y la otra con un banquero, y ambas han echado de casa a su padre y se averguenzan de que las vean con él en público; sin embargo no sienten el mismo pudor cada vez que necesitan pedirle dinero. Los compañeros de Goriot en la pensión Vauquer no saben nada de él ni de sus hijas, le desprecian y se ríen del pobre señor, hasta que llega Eugène de Rastignac, un joven estudiante de derecho al que su familia (pobres campesinos pertenecientes a la rama más humilde de cierta familia noble) han enviado a París con el esfuerzo de todos sus ahorros. Eugène es ambicioso, no piensa más que en triunfar, en que París se le rinda a sus pies. Cuando se cruza en el camino de las hijas de Goriot, Eugène empieza a comprender la grandeza y la locura de un hombre que lo ha dado todo por amor (sus padres también lo han hecho por él; "He sabido lo que era ser pobre al querer darle la fortuna a mi hijo", le escribe su madre), pero también que triunfar como él anhela en ese París corrupto y podrido de la Restauración no es compatible con los altos conceptos de honor y justicia que su juventud y su apasionado romanticismo le hacen llevar por bandera. 

"-Pero -dijo Eugène con cara de asco-, su París es un estercolero.
-¡Y qué estercolero! -contestó Vautrin- Los que se ensucian  en coche son gente de bien, los que se ensucian a pie son chusma. Tenga la desgracia de hurtar una nadería, os señalarán con el dedo en la plaza del Palacio de Justicia como una curiosidad. Robe un millón y en los salones le tendrán por un modelo de virtud."


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Esta es la edición que he tenido el placer de leer, Editorial Proa (Grup 62), de marzo de 2001. La excelente traducción a cargo de Maria Bohigas.

Honoré de Balzac publicó Papá Goriot en 1835, como parte de su obra La Comedia Humana, por eso es una novela abierta tanto en su principio como en su final, pese a constituir una historia en sí misma que el lector puede leer de manera independiente. Balzac, además de novelista, filósofo, sociólogo y pensador era un extraordinario historiador, de ahí su talento y su interés en describir la vida y las costumbres del París de su época. Las novelas de Balzac no solo tienen valor literario sino que han resultado de una importancia inestimable para comprender su tiempo, las fuerzas contradictorias de la Restauración Borbónica y la Monarquía de Julio. No sé si Papá Goriot debe entenderse como una novela costumbrista, aunque sí debe leerse en el contexto y el espíritu de la época en el que tan brillantemente lo enmarca Balzac: ese París embrutecido, corrupto, vil, desilusionado de la Restauración Borbónica y el reinado de Luis XVIII (1814-1824). La desilusión de los personajes de Balzac es la desilusión de los franceses que vivieron (y creyeron) en la Liberté, Égalité y Fraternité de la Revolución Francesa y su primera República. 

"La corrupción predomina, el talento escasea. Por tanto, la corrupción es el arma de la mediocridad que abunda."

Por eso Papá Goriot es la historia de un padre con dos hijas que reflejan el París de las clases altas del momento (nuevos ricos, vieja nobleza) pero también el escenario de una ciudad que ya no cree en nada y cuyos jóvenes recién llegados aprenden pronto que el trabajo honesto no les procurará el éxito que desean. Balzac llegó a París en 1814 y, ambicioso y arribista, como su personaje Eugène de Rastignac, también soñó con que la ciudad indómita se rindiese a sus pies. En la novela aparecen los temas recurrentes de Balzac, escenas de la vida privada, la paternidad (Balzac creía que era poco probable que los padres tuviesen las hijas que se merecían), personajes que aparecen en otras de sus novelas de La Comedia Humana, etc., pero sobre todo refleja el mundo propio del autor, un mundo en constante cambio, jamás estático, siempre en una transformación perpetua.

"París es París, ¿entiende? Esta frase explica mi vida."

La prosa fluida y enérgica de Balzac, vibrante y dinámica como su propio universo, se lee con fruición. El autor retrata con maestría y mucha viveza a personajes y escenarios posibles de la época y, aunque crítica los excesos novelescos románticos de Eugène Sue o de Victor Hugo, reconoce finalmente que la realidad que viven sus personajes en el París real de la Restauración ya es lo suficientemente dramática y novelesca como para añadirle más. Aunque el ritmo de la narración fluctúa y la descripción inicial de la pensión Vauquer hace temer lo peor al lector, Papá Goriot es una novela que el lector disfrutará por su valor literario, su valor histórico, la crítica social (fácilmente extrapolable a nuestros días) y los dilemas morales del joven Rastignac.

Lector, supera valientemente la descripción inicial de la vil pensión Vauquer y disfruta de este estupendo Balzac.

También te gustará: El paraíso de las damas; Los Buddenbrook

Nota: Las ediciones de esta novela de Honoré de Balzac han sido adaptadas a nuestro idioma bajo títulos ligeramente distintos: Papá Goriot, El pobre Goriot, El viejo Goriot, El tío Goriot... Recomiendo al lector que, si no puede leerlo en versión original, se haga con una edición reciente y de traducción cuidada.

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El pobre Goriot (para Kindle) (Alba Editorial)

jueves, 6 de agosto de 2015

Neurogénesis, de Lluvia Beltrán

Ella ya no recuerda siquiera su nombre, ni cuánto tiempo lleva viviendo en el área de los tocados, un campamento humanitario de atención médica primaria para todos aquellos enfermos que ya no pueden pagarse los tratamientos desde que el Estado privatizó la seguridad social. Le han diagnosticado una rara enfermedad mutada, neurogénesis. El terrible dolor continuo de su dolencia va acompañado de una angustiosa amnesia que le ha borrado todo recuerdo de su vida anterior. Eric, un presidiario que hace trabajos de voluntariado social llevando su ración diaria de comida a los desahuciados, dice que quiere ser amigo suyo, pero todo parece desdibujado e incierto en esa nueva vida, en ese umbral de la muerte. Últimamente, además, está teniendo unos sueños muy vívidos, seguramente retazos de su pasado, sobre Román, un viejo médico en un laboratorio. Y es precisamente Román, lleno de remordimientos, el único que sabe quién es el oscuro y atormentado hombre que está a punto entrar en el área de los enfermos con una identidad falsa en busca de venganza, en busca de lo que pueda quedar todavía de ella, si es que todavía queda algo.

"La vida realmente es una mierda, pensaba Eric mientras volvía en el bus interurbano hacia el lado opuesto de la zona marginal, más de un político debería padecer una de esas putas enfermedades mutantes nuevas. Neurogénesis, ¿qué mierda es esa?, ¿y por qué lo tiene que sufrir la gente honrada? Claro, ellos tienen pasta para tratarlas, a nosotros nos dejan que nos muramos como cucarachas envenenadas (...). Somos más, se dijo, muchos más, nosotros tenemos el poder y simplemente no estamos sabiendo utilizarlo."

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Neurogénesis es una de esas distopías que resultan terriblemente inquietantes por lo cercanas que parecen a nuestro futuro más inmediato. A estas alturas del siglo imaginar un Estado en crisis que ha suprimido la seguridad social y que ha dejado la asistencia médica de los pobres en manos de ONG internacionales, o toda una casta de políticos corruptos (en el poder y la oposición) que se ríen de la democracia, o todo un pueblo aborregado que prefiere conservar la miseria que tiene en lugar de poner el grito en el cielo y empezar a cambiar las cosas porque son mayoría, no le supone un esfuerzo demasiado grande al lector. De hecho, la novela de Lluvia Beltrán casi ni parece de ciencia ficción y, eso, todavía resulta más inquietante. 

"Ni siquiera hay silencio con el que se pueda encontrar algo de paz, el dolor nunca duerme ni se calla, es una constante en las noches el murmullo de llantos y gritos de desesperación."

Neurogénesis es buen thriller, con personajes protagonistas bien construidos, sólidos y creíbles —cada uno con su propia y diferenciada voz—, y que consigue recrear excelentemente una atmosfera de penumbra, miseria y desesperación que cala en el lector desde las primeras páginas. La prosa de la autora, de una espléndida madurez y seguridad, se mueve con fluidez entre pasajes intimistas, momentos de acción y suspense, y escasos diálogos en donde cada personaje tiene su propio registro. Al más puro estilo decadente de Blade Runner o de la estupenda Lágrimas en la lluvia, una mujer desmemoriada y moribunda se pasea por entre las ruinas de lo que en otro tiempo fue una civilización sospechosamente parecida a la de nuestra actualidad. La novela de Lluvia Beltrán tiene un ritmo narrativo ágil y muy bien pautado, en el que destaca con especial brillantez la alternancia de hilos temporales de pasado y presente de la protagonista (indispensable para no aburrir al lector con demasiado misterio sin resolver o para no atiborrarle al final con un montón de información sacada de la chistera). Seguramente por esta sabia dosificación del suspense, del misterio y del pasado de la protagonista, Neurogénesis resulta una lectura de las que atrapan, por curiosidad, por calidad y porque cuenta con la complicidad de un lector que le agradece a la autora el respeto a su inteligencia (nada de darle las cosas masticaditas, que ya tenemos una edad).

Lector, una distopía que resulta escalofriante por su verosimilitud respecto a nuestro futuro más inmediato. Entretenida, ágil y sin trampas.

También te gustará: Lágrimas en la lluvia; La puntuación; Las tres caras de la luna (próximamente en Serendipia)

Sitio oficial de la autora:  LluviaBeltran.com

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Neurogénesis

martes, 4 de agosto de 2015

Ve y pon un centinela, de Harper Lee

Jean Louise Finch vive y trabaja en Nueva York pero todas las vacaciones guarda en el armario vestido, medias y guantes, vuelve a enfundarse su peto vaquero y regresa al pueblo de su infancia. Atticus tiene ya setenta y pico años y el reúma ha hecho presa en él; la tía Alexandra le cuida desde que Calpurnia se jubiló; el tío Jack sigue tan excéntrico como siempre, un personaje más a gusto en la Inglaterra victoriana que en el presente que les ha tocado vivir; y Henry Clinton sigue esperando a que ella acepte su propuesta de matrimonio. Jean Louise cree que en Maycombe todo es eterno e imperturbable y que así será para siempre. Pero a mediados del siglo XX, los Estados del sur están en plena ebullición social: el enfrentamiento por los dictámenes del Tribunal Supremo contra la segregación de la población negra estadounidense está levantando ampollas. Por primera vez en su vida, la pequeña Scout (que siempre ha regido su conciencia por "¿qué haría Atticus si estuviese en mi lugar?") dejará de estar ciega y mirar con ojos de adulta a su alrededor; el sur está cambiando y se avecinan tiempos de lucha, hay que elegir bando y faltan buenas personas que defiendan aquello que es justo y es necesario.

"Me enseñaron que nunca me aprovechara de nadie menos afortunado que yo, ya fuera en términos de inteligencia, de riqueza o de posición social; y me refiero a nadie, y no solo a los negros. Me hicieron entender que hacer lo contrario era despreciable. Así fui educada, por una mujer negra y por un hombre blanco."


A estas alturas, lector, ya conoces la historia de la publicación de esta novela. Harper Lee la escribió a mediados de los años cincuenta, después de Matar a un ruiseñor, y pensada como una historia independiente de la primera. Ve y pon un centinela puede leerse sin haber leído antes Matar a un ruiseñor pero en mi opinión ambas son igual de estupendas. Si en Matar a un ruiseñor la voz narradora era la de una niña (un encanto añadido del que carece el segundo libro, eso te lo concedo, lector), en Ve y pon un centinela es ya una mujer que todavía no tiene conciencia propia; si en la novela anterior, era su hermano Jem quien daba el paso a la edad adulta y comprendía alguna de las complejidades de vivir en Maycombe, en su época, en esta segunda novela le toca el turno a nuestra entrañable Scout. Y es que el lector no puede dejar de preguntarse cómo es posible que una niña tan lista y espabilada como ella se haya mantenido durante tantos años en la inopia. Ella misma se pregunta cómo demonios ha podido ser tan ingenua durante tantísimo tiempo. Para reforzar ese rasgo del personaje, Harper Lee recurre a algunas anécdotas del pasado (como la del embarazo) y del excéntrico entorno familiar de Scout, que contribuyen a redondear el personaje y dotar de entrañable continuidad a esta historia.

Explica el tío Jack, que antes de la Guerra de Secesión americana, solo los grandes terratenientes sureños tenían esclavos en sus enormes plantaciones. Teniendo en cuenta que esas plantaciones se concentraban en las manos del 5% de la población(*), el resto de ciudadanos blancos eran comerciantes, trabajadores por cuenta ajena o, en su inmensa mayoría, pequeños arrendatarios en mayor o menor grado de miseria; ese 95% no tenía recursos suficientes para poseer esclavos y la mayoría a duras penas habían visto alguno durante su miserable vida. Por eso, los soldados rasos (jóvenes procedentes de ese 95% de la población sureña) del ejército confederado no fueron a luchar para defender la esclavitud sino para reivindicar su derecho a preservar su forma de vida, el derecho a ejercer sus propias políticas y no las directrices del norte.

Cuando a principios de los años 50 la Corte Suprema declaró inconstitucional la ley de segregación racial en el transporte público, se sentó un peligroso precedente que atacaba directamente la Décima Enmienda de la Constitución, aquella que aseguraba que cada Estado de la Unión era soberano judicial y legislativamente. Que la Corte Suprema pasase por encima de la Constitución vulneraba el sistema de legalidad de manera insoportable para muchos ciudadanos norteamericanos, sobre todo para los descendientes de esos soldados de la Guerra de Sucesión que marcharon al frente para defender su modo de vida, su política, sus derechos estatales. La tensión racial de esos años en Estados Unidos debe entenderse como un profundo conflicto racista, por supuesto, pero también como el temor a la vulneración del sistema legislativo y judicial tal y como se había entendido hasta la época. Y, por supuesto, un problema social muy acentuado en el sur, heredado de los tiempos en los que se abolió la esclavitud: "Esa estirpe de hombres blancos (pobres) que vivía en franca competencia económica con los negros libres. Durante años y años, ese hombre creyó que lo único que le hacía superior a sus hermanos negros era el color de su piel. Era igual de sucio, olía igual de mal y era igual de pobre.

Y en ese contexto de ebullición social, judicial y económica, sitúa Harper Lee a su encantadora y peculiar familia Finch. Enfrentados a tan incómoda realidad, en el opresivo ambiente racial de Maycombe, entre recuerdos del pasado y las dudas de su presente, el lector acompañará a Jean Louise en su doloroso trance de hacerse finalmente —que ya era hora— adulta. 

No entraré en comparaciones, ni críticas, ni conspiraciones literarias, simplemente te diré, lector, que a mí la novela me ha encantado. Cierto que, en mi opinión, no era necesario enturbiar el recuerdo de Atticus Finch —la autora tenía otras alternativas para despegar las conciencias de padre e hija mucho más altruistas— para hacer funcionar la historia, pero también es cierto que no podemos perder de vista que el libro fue escrito a mediados de los cincuenta y que el personaje del Atticus enamorado a ultranza de la legalidad y la ley era, muy probablemente, biográfico. Pero sí, lector, Harper Lee reduce a añicos la figura de su ídolo, seguramente porque el destino de todos los ídolos es justamente ese, el de ser destruidos hasta las cenizas.

Lector, una novela de características narrativas similares a Matar a un ruiseñor con un trasfondo histórico muy intenso que la autora sabe analizar y trasmitir con brillante claridad.

(*) Según fuentes de historiadores norteamericanos de la Guerra de Secesión como John Keegan, John David Smith o Ronald Young, entre muchísimos otros. De hecho, la teoría que tan ilustradoramente explica el tío Jack a Scout ha sido la más defendida y argumentada por los historiadores norteamericanos del siglo XXI.

También te gustará: Matar a un ruiseñor

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jueves, 30 de julio de 2015

El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartin Fenollera

La señorita Prudencia Prim cree que vive en un siglo equivocado, en un tiempo en el que la delicadeza y la búsqueda de la belleza han dejado de ser valores importantes. Por eso, cuando llega a San Ireneo de Arnois, un pequeño pueblo de habitantes peculiarmente amables y poco convencionales, decide probar suerte y conseguir el trabajo de bibliotecaria que allí se ofrece pese a no cumplir casi ninguno de los requisitos que solicita el anuncio:

"Se busca espíritu femenino en absoluto subyugado por el mundo. Capaz de ejercer de bibliotecaria para un caballero y sus libros. Con facilidad para convivir con perros y niños. Mejor sin experiencia laboral. Abstenerse tituladas superiores y posgraduadas."


La señorita Prim, que consigue el trabajo en contra de todas las expectativas, se sumerge en una pequeña comunidad de espíritus inquietos y libres que sueñan con vivir según principios mucho más lógicos que los rigen el siglo XXI en occidente. Curiosa y apasionada, Prudencia encontrará personas de las que aprender y con quiénes compartir, pero también se topará con las firmes (y opuestas a las suyas) convicciones de su jefe, el hombre del sillón, con quien mantendrá intensas discusiones sobre lo humano y lo divino ¿Es posible cambiar nuestra manera de mirar el mundo en nuestra madurez cognoscitiva e intelectual?

"-Dígame, Horacio... ¿hay algo más que yo debiera saber sobre este pueblo?
-Desde luego que lo hay, querida -contestó él con un guiño mientras se disponía a apurar su bebida-. Pero no pienso decírselo."

Prudencia Prim es una mujer intensamente titulada que se reconoce intransigente desde las primeras páginas de esta novela: se afirma reacia a modificar su juicio sobre las cosas. Pero también es una persona que cree en la delicadeza y en la búsqueda de la belleza. Por eso, pese a su intransigencia consigo misma y con los demás, resulta toda una sorpresa lo que descubre sobre sí misma en San Ireneo: pese a su delicadeza, lleva años practicando una hipocresía social, y precisamente debido a su extensa formación acádemica, se ha vuelto ciega a la belleza. Con un personaje tan rotundo y fuerte como la señorita Prim no es extraño que esta novela arranque con tanta fuerza y brillantez y mantenga la ávida atención del lector más curioso señalándole cuestiones diversa sobre nuestros apretados corsés educativos y culturales.

El despertar de la señorita Prim es una novela distinta y acogedora, que gusta por los debates entre la razón y la ciencia, y lo espiritual y lo filosófico. El hombre del sillón y la señorita Prim se miden en tremendos duelos dialécticos pero también  se contradicen y se admiran mutuamente precisamente por sus contradicciones y sus diferencias (atención a la recomendación de Mujercitas por parte de una Prudencia que es pura razón). Natalia Sanmartin Fenollera trata con suma originalidad y frescura temas como la búsqueda de la belleza en nuestro siglo, una reflexión sobre el sistema educativo actual, la recuperación de valores tradicionales bien razonados o la amabilidad del trato social despojado de falsedad (perfecto y acogedor para el lector ese apunte Feelgood de pastelillos y chocolates a la taza junto a una chimenea encendida). 

"La tradición no tiene edad, es la modernidad la que envejece."

Natalia Sanmartin convence al lector con un estilo rico, una prosa fluida y bien construida que da credibilidad a los peculiares personajes que pueblan San Ireneo y que dota de una perfecta ambientación una trama distinta con ecos de buena novela decimonónica. Una novela en la que se trata con una delicadeza exquisita los planteamientos de Santo Tomás (entre otros), y en la que la autora hace todo un arte del "decir sin decir"; sobre todo en lo que a espiritualidad religiosa se refiere, intensamente presente en toda la novela pese a que en ningún momento Sanmartin escribe explícitamente sobre ella. Y de fondo y forma la presencia continua de Jane Austen: Darcy como perfecto modelo masculino, la visión femenina de la sociedad de su siglo como un punto de vista diferente y enriquecedor, etc.

Lector, pasa a tomarte un chocolate a la taza y bizcochos de nata con los habitantes de San Ireneo; deja que el tiempo se detenga y la búsqueda de la belleza no sea algo postergado por el estrés de nuestras vidas.

Muchas gracias a MaraJss por su recomendación: me dijiste que me gustaría y... acertaste de lleno. 


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martes, 28 de julio de 2015

El pintor de Flandes, de Rosa Ribas

Paul Van Dyck, joven y talentoso pintor adoptado por la familia de Anton Van Dyck y probable hijo bastardo del mismísimo Rubens, trabaja en el taller del maestro como alumno aventajado pero sin grandes esperanzas de reconocimiento. Paul desea convertirse en maestro y volar solo, que se tenga en cuenta su gran talento, pero teme que su orígen ilegítimo le perjudique en su carrera. La oportunidad de hacer algo diferente le llega cuando Rubens y Anton le presentan a un enviado de don Juan de Tassis, conde de Villamediana, como el candidato perfecto para llevar a cabo una gran y misteriosa obra pictórica en España. El ambicioso e inocente Paul se traslada al Madrid de 1622, a la casa palaciega de Villamediana, Correo Mayor de Felipe IV con ansias de desbancar a Olivares del puesto de valido real, y maneras de galán rompecorazones. Villamediana le encarga que pinte un lienzo de unos treinta metros de ancho que escinifica un peculiar banquete de Herodes con la cabeza decapitada del Bautista según los esbozos de Rubens. Paul pronto empezará a sospechar que el encargo es peligroso y está rodeado de secretos y complots para ganarse en favor de Felipe IV incluso a costa de la precaria paz con ingleses y franceses. 

"Paul no se sentía ni especialmente perspicaz, ni creía haber entendido todavía los usos de la vida en el Madrid cortesano, tan diferentes de la vida burguesa y hacendosa de Amberes. Pero calló, discreto sí que era. El conde hizo una pausa, tras la cual volvió a preguntarle:
-Así pues, ¿lo has reconocido?
-Por supuesto -respondió en un arranque de orgullo-, es el difunto Rey de Francia, Enrique IV, el padre de la Reina Isabel.
-Nuestra Reina -añadió el conde."


El pintor de Flandes fue la primera novela que publicó Rosa Ribas, la magnífica autora de La detective miope, la saga de novelas policíacas de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, Don de lenguas o El gran frío, entre otras. Y pese a ser su opera prima está escrita con la fluidez y la elegancia propias de su personal estilo. Se trata de una novela de época, con misterio histórico, en la que conviven con mucha gracia personajes reales con otros de ficción, tejiendo un entramado de secretos y luchas de poder alrededor de un joven pintor, todavía inocente, consumido por las dudas y el dictado de su conciencia. 

Rosa Ribas construye con cariño la figura ficticia de Paul van Dyck, hermano adoptivo de Anton e hijo ilegítimo de Rubens. Dotado para el arte pictórico pero condenado a debatirse siempre entre las dudas, entre la nostalgia de sus seres queridos, de sus paisajes de la infancia, la autora lo coloca en medio de una conspiración política del Madrid de los Austrias. Amena, entretenida, y con la sensibilidad característica que Ribas sabe imprimir a sus personajes, El pintor de Flandes es una historia que convence y que intriga. Sin trampas, sin bruscos giros imprevistos, pero con buenas pinceladas originales y alguna sorpresa, al lector le agradará esta visión novelada de Rubens, Felipe IV, la infanta Ana María, Carlos Stuart o del Conde Duque de Olivares, entre otros.

Lector, una historia amena y entretenida con la buena prosa de Rosa Ribas.


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El pintor de Flandes

sábado, 25 de julio de 2015

Gerona, de Benito Pérez Galdós

En el invierno de 1809-1810 las cosas iban muy mal para España, todos querían mandar. En lugar de aunar fuerzas contra el invasor francés —un ejército profesional y eficaz de unos 300.000 hombres, según apunta Galdós—, andaban los políticos enredando por ver quién tenía más poder y se salía con la suya. Gabriel, que se ha incorporado en el ejército central después del horror de Zaragoza, va camino de Cádiz acompañado de su buen amigo Andresillo Marijuán, también procedente de otra guerra pesadillesca: el sitio de Girona. Gabriel cuenta, en este episodio nacional, la experiencia en primera persona de su compañero Andrés Marijuán en la toma de Girona por los ejércitos franceses, cómo sitiaron la ciudad durante meses condenando a la población (militar y civil) a la hambruna y la desesperación. Los gerundenses, arengados por el formidable general y gobernador Mariano Álvarez de Castro, resisten siete meses sitiados. 

"Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza."


Avisa al lector Gabriel que como está escribiendo estas memorias en su madurez, y que algo ha aprendido por el camino, referirá el episodio del sitio de Girona retocando el hablar tosco y sencillo de su compañero Andresillo Marijuán. Y aunque la narración es vívida y en primera persona del conmovedor protagonista, el lenguaje de este episodio nacional es semejante a los anteriores. Un episodio muy semejante a Zaragoza en el sentido de que de nuevo Galdós enfrenta al lector con los horrores más crudos de la guerra: niños muertos literalmente de hambre, niños enterrando con sus propias manos a sus hermanitos pequeños, centenares de cadáveres por las calles, desesperación, locura, crueldad... 

El problema de Gerona es que en ocasiones se hace algo tediosa, como en sus tres capítulos dedicados íntegramente a las ratas de la ciudad (por muy metáfora que sea de las guerras napoleónicas, es insoportable y repugnante) o sus casi cinco capítulos sobre la locura que asalta a don Pablo Nomdedeu cuando se trata de dar de comer a su hija enferma por encima de las necesidades de cuatro pobres niños, o el larguísimo parlamento agónico y alucinado del buen doctor en su lecho de enfermo (¡un capítulo entero!). Seguramente, Gerona adolece de la falta de novedad (el lector ya vivió un sitio angustioso y terrible con Zaragoza y este episodio es un poco más de lo mismo) y de líneas argumentales secundarias de peso que sostengan su número de páginas (a diferencia de Zaragoza, en este episodio no hay más línea narrativa que las desventuras de Andrés Marijuan y sus niños). O quizás, simplemente, sea esa ausencia de Gabriel y sus cuitas amorosas, aderezando la acción, el espionaje, la guerra y el ir y venir de tantos y tan geniales personajes secundarios ficticios o reales.

Sin embargo, Gerona vuelve a ser otro de los episodios nacionales más conmovedores, donde el punto de ternura lo ponen sin duda los niños, junto con alguna pizca de sentido del humor que muchas de las veces se torna escalofriante (como un baile de sardanas esperpéntico en medio del agotamiento bélico más absoluto, o la narración de las aventuras de los más pequeños entre las balas de cañón como si fuesen inmortales). Destaca, especialmente poso de tristeza para el lector, el olvido al que la Historia de nuestros días ha relegado a los héroes de Girona: "(...) preguntó a don Mariano que a dónde se acogería en caso de tener que retirarse. El gobernador le contestó. "al cementerio". Aquí no hay más remedio que vencer o morir (...). Se le llena a uno la boca diciendo ¡Viva Gerona y Fernando VII!, le parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta las nubes". Pues muchas no se escribieron. 

Lector, pese a ser uno de los episodios nacionales más flojos hasta la fecha, siempre comparado con el resto de la primera serie, resulta una lectura apasionante y conmovedora.

Notas curiosas:

De nuevo Galdós huyendo de maniqueísmos y respetando a las personas por encima de las guerras "En honor a la verdad, debo decir que los franceses entraron sin orgullo, contemplándonos con cierto respeto, y cuando pasaban junto a los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino."

En Gerona encontramos una explicación del dicho "A cada cerdo le llega su San Martín" (ver capítulo II)

Fantástico el ingenio y la clarividencia de don Benito cuando pide, en una reflexión sobre las guerras imperialistas, una policía de las naciones (¡Está pidiendo una ONU en 1875!). O una imagen que muchos lectores reconocerán de una película de Charles Chaplin, El gran dictador: "Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la pelota". 

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El final de Gerona es estupendo, con la llegada de Gabriel a Cádiz y la sorpresa que allí se encuentra. Por no hablar de Amaranta, cortejada, nada más y nada menos, que por Lord Byron.


Otras reseñas de Verano Galdós:

jueves, 16 de julio de 2015

La lista de mis deseos, de Grégoire Delacourt

Jocelyne está casada y tiene dos hijos, que son ya mayores, han volado del nido, y ella se ha quedado sola con su marido y sus mentiras. Jo hace tiempo que ha comprendido que todos mentimos, incluso a nosotros mismos, para no herirnos ni herir a los demás. Hace años que es propietaria de una pequeña mercería tradicional de su pequeña ciudad y en sus ratos libres escribe en su blog, diezdedosdeoro. A veces sale a comer o se toma un café con las hermanas Daniéle y Françoise, las propietarias de una peluquería cercana a su negocio. Las hermanas siempre juegan a la lotería, sueñan con ganar algún día, y convencen a Jo para que compre un boleto ¿Cuántas probabilidades tenía de ganar? Muy pocas, pero sucede. Jo gana algo más de dieciocho millones de euros y entonces llega la hora de dejar mentir ¿Qué puede comprar con ese dinero? ¿La felicidad? ¿Puede conseguir que vuelva su madre, que su padre recupere la memoria, que sus hijos vengan a casa más a menudo? ¿Qué es lo que realmente necesita? ¿Se puede comprar con dinero?

"Tenía aquello que el dinero no podía comprar sino tan solo destruir. La felicidad."


La lista de mis deseos es la segunda novela de Grégoire Delacourt, una profesional publicitaria que ya había ganado varios premios de prestigio, el Prix Marcel Pagnol y el Prix Rive Gauche, entre otros, con su primera novela L'écrivain de la familie. Nada sorprendente teniendo en cuenta la belleza de su prosa, sus frases cortas, cristalinas, llenas de una sencillez tan pura como los sentimientos que describe. Y es que La lista de mis deseos es precisamente eso, una historia sobre las pequeñas grandes cosas de la vida, las rutinas que esconden un amor extraordinario o la felicidad más inesperada. Delacourt reflexiona sobre las grandes pasiones del ser humano a partir de sus gestos más cotidianos.

Que no se deje engañar el lector por sinopsis coquetas, por portadas bonitas o por comentarios desafortunados, La lista de mis deseos es una historia inesperada narrada con una precisión y una belleza que conmueve hasta las lágrimas. Es la historia de Jo, única entre millones por su suerte pero igual a tantísimas mujeres por su corazón. Valores añadidos que disfrutarás de esta lectura, además de la bonita manera de contar de la autora y la esperanza que se mantiene a flote, pese a todo, son algunos de sus personajes secundarios, el blog de la protagonista y la recuperación (¿parábola?) de la solidaridad (valor ancestral) y de las labores tradicionales que sin darse cuenta Jo va hilando a través del mismo.

"Sí, creo que todo lo que viene del pasado no está pasado de moda. Hacer las cosas tú misma es muy bonito; dedicarle tiempo es importante. Sí, creo que todo va demasiado deprisa. Se habla demasiado deprisa. Se reflexiona demasiado deprisa, ¡cuando se reflexiona! Se envían correos electrónicos, textos sin releerlos, se pierde la elegancia de la ortografía, la amabilidad, el sentido de las cosas."

Lector, una sorpresa inesperada por su belleza y su sencillez a la hora de tratar temas complejos y tan absolutos como la felicidad y lo que no puede comprar ni todo el dinero del mundo.

También te gustará: El despertar de la señorita Prim; La amaba

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