domingo, 17 de enero de 2010

El club de los viernes de Kate Jacobs

Georgia Walker y su hija Dakota tienen una pequeña tiendecita en donde venden lanas de colores y artículos para hacer punto. Georgia la abrió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada y sola y de que no le apetecía volver a casa de sus padres. El negocio va bien, quizás porque en el Nueva York del siglo XXI nadie tiene tiempo para recuperar labores ancestrales o quizás porque las chicas Walker han conseguido crear un rinconcito de paz y calidez para un grupo de mujeres que necesitan espantar la soledad y el cansancio. Georgia aprenderá que tejer preciosas y cálidas prendas, tal y como le enseñó su querida abuelita escocesa, es una manera de entender la vida y conjurar el dolor del alma, pero también de compartir con otras tejedoras su saber y su consuelo.


Kate Jacobs consigue mantener el interés del lector desde la primera página pese a su ritmo pausado y rítmico, muy parecido al vaivén de las agujas de hacer calceta. El club de los viernes se desarrolla como una bufanda de lana, suave, cálida, esponjosa, de diferentes colores, donde cada hilo corresponde a una de las protagonistas de esta historia coral. El estilo y la voz de la escritora no es uniforme durante todo el libro y en alguna ocasión cae en un pudor excéntrico y desconcertante (¿quizás culpa de la traducción?), que se convierte en una cursilería fácilmente perdonable en la trama general de la novela pero que perjudica al encanto creador de la autora a la hora de recrear atmosferas femeninas al estilo de Tomates verdes fritos de Fannie Flagg o de Un abril encantando de Elizabeth von Arnin.

Lector, si sabes tejer, apreciarás en esta historia el entramado de la lana por entre las agujas y el ritmo pensativo y reconfortante de los puntos, la historia y el cariño de la labor terminada. Un libro, sin duda, que te resultará una cálida y mullida compañía para el invierno.

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