domingo, 29 de mayo de 2011

El diamante de la reina de Mari Pau Domínguez

El 22 de junio de 1559, en la catedral de Notre Dame de París, Isabel de Valois se casa por poderes con Felipe II. Pese a que la hija de los reyes franceses tiene apenas 13 años y es la prometida del príncipe de Asturias, el rey hispánico, recientemente enviudado de María Tudor, se apresura a tomarla por esposa para sellar la paz entre sus dos países. Isabel, reacia a su destino, melancólica y de salud quebradiza, apenas encajará en la rígida corte borgoñona de Felipe pese a la ternura inesperada del propio rey. Acosada por la muerte de sus seres queridos, horrorizada por la demencia deforme del príncipe Carlos, rodeada de intrigas y presiones por dar a la corona un heredero varón sano, Isabel busca desesperadamente la paz entre tanta infelicidad comprendiendo, demasiado tarde, que ya no es una persona con inquietudes y sueños propios sino una reina en un país extraño en donde incluso su menarquía es objeto de debate público.

Coinciden los historiadores y la documentación de la época en que Felipe II verdaderamente amó a Isabel de Valois pese a ser, inicialmente, un matrimonio político habitual en la Europa de las monarquías absolutistas. La pequeña Isabel, apenas una niña, conmovió el austero corazón del "rey prudente", que hizo todo lo posible porque se sintiera a gusto en un paisaje y entre unas gentes y costumbres que poco tenían que ver con las de su Francia añorada. La Historia habla del "viraje de rey" a la muerte de Isabel porque desde ese momento vestirá siempre de negro y su habitual seriedad se tornará en amargura e implacables decisiones políticas. Felipe II mantuvo hasta su muerte la promesa, dada a Isabel en su lecho de muerte, de cuidar siempre por el bien de las dos hijas que el matrimonio había tenido y amarlas en recuerdo de la esposa desaparecida. La correspondencia del rey con las ya adultas Clara Eugenia y Catalina, desvelan a un padre cariñoso y de trato muy íntimo (les da consejo sobre sus embarazos y se preocupa por el trato de sus respectivos maridos) que contrasta brutalmente con el cada vez más solitario Felipe II de los autos de fe, la sangría de Flandes o las implacables purgas entre sus allegados por las suspicacias de conspiraciones inexistentes contra el rey.

En esta novela, Mari Pau Domínguez no recoge tanto los aspectos políticos o históricos del reinado de Felipe II como el universo femenino de la reina francesa, su intimidad y su entorno. Destaca especialmente la desolación de Isabel de Valois por su impotencia ante su destino o que su intimidad sea una cuestión de Estado. En este sentido, es impactante la carta del embajador francés contándole a la reina Catalina de Francia que "las penetraciones del rey le resultan dolorosas a Isabel". Mari Pau Domínguez construye una interesante recreación de la corte, de las costumbres y etiqueta, de las intrigas palaciegas y de la inutilidad de los médicos de la época, que mataban más que sanaban con sus descabelladas actuaciones, pero sobretodo regala al lector una vívida reconstrucción de personajes tan ricos históricamente como Juan de Austria, la princesa de Éboli o, incluso, el propio Felipe II. Su narración, a veces demasiado metafórica y poética, se torna ágil y contundente para introducir eficazmente al lector en un mundo ajeno a nuestro siglo. Domínguez consigue trasmitir tan magistralmente la ambientación, las relaciones humanas y el carácter de los personajes (la sensación de conocer íntimamente a Isabel de Valois), que su trama ficticia sobre el diamante de la reina acaba por resultar superflua.

Lector, no te pierdas la oportunidad de abrir esta puerta extraordinaria a la vida de Isabel de Valois y a todo su universo.

2 comentarios :

  1. Yo también había oído hablar de esas tiernas cartas que enviaba Felipe II a sus hijas, en un momento en que precisamente él, tierno no era.

    Y sí, asustan mucho los matrimonios de estado, las bodas concertadas con niñas, apenas...

    Una vez leí que la Princesa de Éboli se casó con 12 años (o así) con un hombre (amigo personal de Felipe II, por cierto) que creo que ya tenía los 30. Él, sin embargo, no quiso "consumar" el matrimonio hasta que ella tuvo creo que 16 años.

    Vamos, que también había gente razonable.

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  2. Generalmente, parece ser que era "buena y caballerosa costumbre" esperar a consumar el matrimonio hasta que la niña tuviese "la camisa", eso es, en idioma de la época, la primera menstruación. Menuda "monstruación".

    Aunque impactante era la sabiduría de los médicos de la época que para todo tenían la solución mágica: una sangría. Según se deduce de esta novela, la pobre Isabel de Valois casi que se la cargaron sus competentes galenos.

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